La brutal y nada explicable muerte de Ezequiel Demonty impulsó la necesidad de hablar de su vida cotidiana, de cómo lo vieron, de quién era, de lo que significó para aquellas personas que compartieron su corta vida.
El hablar de ello, es también hacerlo, de los caminos recorridos tras su búsqueda, de la intuición de su muerte, de la reconstrucción de las causas y la ausencia de los motivos. Asimismo, deja al descubierto los miedos y el acompañamiento de otros sectores de la sociedad para la institucionalización de la vigencia de algunos derechos, siempre escamoteados.
En definitiva, representa el doloroso y escarpado camino que, quienes lo amaban, debieron recorrer para evitar que Ezequiel Demonty muriera simbólicamente y se perdiera con ello la posibilidad de intentar cambiar algo.
Esta historia es un homenaje y un recuerdo, pero también, abre los ojos y despabila las mentes. Muestra y enseña algunos caminos a seguir.